LA CASA DE LOS ESPÍRITUS

October 30, 2008

“¿Qué ves cuando apagas la luz?”.
The Beatles

Entro en una casa abandonada, perdida, que está oculta en medio de una frondosa zona de hierbas tan altas como secas. Llevo una vieja cinta de video en la mano. Abro la desvencijada puerta de la calle, recorro un largo y sombrío pasillo y llego a una habitación vacía, en la que sólo hay una mesita de madera apolillada y mohosa que sostiene un televisor Grundig de los años 80 y un reproductor de video Betamax de primera generación. Tele y video están oxidados, cubiertos de polvo y roña y telarañas que indican que llevan mucho tiempo sin ser tocados. Meto la cinta en el video y la televisión se ilumina, escupiendo unas imágenes de una película que yo mismo protagonizo. En ella, voy con una chica que no conozco pero me resulta familiar. Su cara es como una nube: cambia segundo a segundo y a veces la conozco mejor que otras. “Así son todas las mujeres”, me da por pensar. La casa es vieja y rara y hemos venido a hacer espiritismo, pero no tengo miedo porque sé que esto es un juego y ella es mi compañera de juegos. Estamos aquí para invocar espíritus de ficción, personajes de películas de terror que no existen, así que nada malo puede pasar, ya que no estarán aquí, sólo se proyectarán sobre la pared y podremos ver cómo se comportan fuera de sus películas. Primero, invocamos a los hermanitos de Los otros y los vemos jugando a piedrapapeltijera. Luego, le toca el turno a los cenobitas de Hellraiser y tampoco pasa nada: muy divertido, porque se comían y torturaban entre ellos. Entonces, se me ocurre invocar a los personajes de El resplandor, ya que el pasillo de entrada me recordó un poco al hotel Overlook, sólo que más pequeño y abandonado. Mi compañera de juegos, que ahora es una niña de unos 10 años, envejece a una década por segundo, encanece y se transforma en señora de unos 60 cuando escucha mi sugerencia de invocar a los personajes del film de Kubrick. Las mutaciones de mi compañera no me sorprenden porque se supone que son normales y forman parte de la lógica ilógica del sueño. Para hacer esta invocación, mi compañera me toma de la mano y me lleva a otra habitación, más vieja y polvorienta que la anterior. Su ventana da a un campo de trigo de altas espigas mecidas por el viento en la penumbra, que proyectan fantasmales sombras sobre este cuarto. El papel de la pared de la sala es viejo, como de los años 30, el suelo de madera está apolillado, cuelga una destartalada lámpara del techo negro de humedad y, sobre la única mesa, varias velas apagadas. Mi compañera de juegos enciende la lámpara del techo, para ver bien lo que pasa: “Ahora hay que ponerse serios, porque ya no veremos las apariciones reflejadas en la pared, sino aquí, de verdad, como hologramas. Pero no los toques, no sé lo que podría pasar”, me advierte. Mi compañera recita unas palabras al revés y, de pronto, se materializan las dos gemelas de El resplandor, en flashes, primero normales y luego descuartizadas.
lolitas muertas
Me dan un susto de muerte, y entonces veo otras imágenes a cámara rápida, es Danny entrando en la habitación prohibida, acompañado por seres de muy mal rollo: viejos desnudos, enanos jorobados… mala gente. Me identifico con Danny y paso miedo. De pronto, las imágenes se desvanecen. El rostro de mi acompañante sigue mutando y ahora se parece a Scully, la de Expediente X, pero con el pelo blanco. Me mira fijamente y me dice que va a hacer la invocación final, para que vea la escena prohibida de El Resplandor, el extra perdido que Kubrick jamás se atrevió a filmar por miedo a perder la razón. Con los ojos en blanco, la mujer recita un horrísono cántico y es entonces cuando empiezo a asustarme en serio, pero no me atrevo a pararla porque ya está en un profundo trance. Cada vez hay menos luz: las velas se apagan con el viento y las luces fallan, parpadean. La casa abandonada retumba. Por puro miedo, enciendo una lámpara de pie y entonces el caos de imágenes aceleradas y mezcladas de El resplandor se precipita y vemos aterradoras escenas que no sólo no están en la película, sino que ni siquiera son los actores. Ancianos en bolas devorándose entre ellos, fetos que desgarran a sus madres desde el interior de sus úteros, brujas calvas rodando como peonzas patas arriba mientras mean regla por el coño como aspersores hemoglobínicos… escenas malditas que ocurren allí, ante nuestros ojos, salpicándonos de pánico. Las visiones me sacan de quicio y sé que estoy soñando pero no consigo despertarme y pronto se me olvida y vuelvo a estar inmerso en la pesadilla. Mi compañera de juegos, que ahora tiene la cara de una ciega cabezona que vende cupones en la Puerta del Sol, me dice: “No cierres los ojos, que ahora viene lo bueno”. Yo le digo: “No, tía, para, creo que hemos llegado demasiado lejos, debemos irnos o acabaremos perdiendo el juicio”. Pero ella no parece escucharme y vuelve a hablar al revés. Miro por la ventana y pido ayuda a unos jóvenes que hacen picnic entre el centeno, pero ellos comen, beben, ríen sin hacerme caso. Mi compañera sigue recitando; su cara, ahora, se parece mucho a una tendera solterona que se ahorcó en el primer barrio en el que viví con mis padres (Elisa, se llamaba, y olía siempre a ginebra y asustaba a los niños y en su ultramarinos todo estaba caducado). “¡Vámonos!”, grito. Y ella parece salir de su trance, me mira y me dice: “Vale, pero hay que apagar las luces antes”. Yo: “¡No,no apagues!”. Pero ella apaga y me arrastra de la mano al pasillo hacia la calle, que ya no esta vacío: del techo cuelgan como estalactitas decenas de culos huesudos de viejos muertos que defecan sobre nosotros y mil espíritus salen de las paredes en pelotas y se entregan a extraños juegos de canibalismo y sadomasoquismo ante nuestros ojos. Retrocedo, no me atrevo a cruzar el pasillo pero no quiero volver a entrar. Hace un frío que pela. Miro hacia atrás y veo que mi acompañante tiene el rostro de mi abuela paterna: ahora sé que siempre ha sido ella: ¿cómo no me habría dado cuenta antes? Le digo: “Déjame irme, abuela”. Y ella: “Sí, vete, pero sólo si me prometes volver a visitarme, para jugar conmigo e invocar a los espíritus de las películas. Ellos no son como yo, ni como estos; nosotros existimos de verdad, los otros no, así que no tienes nada que temer. Ahora vete, sal de la casa y vuelve a la realidad, antes de que sea demasiado tarde”. Y entonces corro por el pasillo gritando, atravieso la puerta y me despierto aterrorizado, temblando de miedo y frío. Con los ojos cerrados, enciendo la luz y, al abrirlos, suspiro aliviado al comprobar que estoy de vuelta. Apenas puedo garabatear la pesadilla en la libreta, en la penumbra de mi cuarto, mientras cada cinco segundos miro a todas partes, como temiendo que alguno de los espectros de la casa de mi abuela se haya subido a mi chepa y haya cruzado conmigo la frágil puerta que separa sueño y realidad.
congelado en el tiempo

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