“La oscuridad es tan esencial como la luz para nuestro bienestar biológico”.
Verlyn Klinkenborg
Me despierto en una habitación cuyas paredes, techos y suelos están forrados con espejos. Estoy en pelotas sobre una camilla, rodeado de potentes lámparas con focos redondos que me llenan de luz y calor. Me miro y siento un latigazo de grima: alguien ha depilado, afeitado o extirpado todos y cada uno de los pelos de mi cuerpo mientras dormía. Me levanto de la camilla y, al mirarme al espejo me confundo con un maniquí viviente. Pero soy yo. Y sobre mi vientre, rodeando el ombligo, me han pintado un perfecto círculo rojo. Me siento en el suelo y, doblando mi espina dorsal, acerco la cabeza al ombligo, tratando de ver qué pasa con él, preguntándome cuál es el motivo de que ese enigmático círculo esté ahí y no en cualquier otra parte de mi anatomía. Me palpo la zona y noto como un bulto blando dentro del ombligo. Lo toco más y me pica. Meto el dedo en el interior de mi profundo ombligo y atravieso la piel con la uña. No duele. Rozo por fin el bulto, que es gelatinoso y escuece al tocarlo. Tengo un deseo instintivo de sacarlo hacia fuera, así que, aunque pica mucho, lo agarro y tiro. Al extraerlo siento como si me arrancaran una tripa, pero sigo tirando hasta que sale una bolita blanca llena de venas rojas. Cuando no puedo tirar más, la suelto y se queda pegada al ombligo. Alrededor, brotan unos minúsculos pelos y, entonces, la bolita gira y me mira. Al fin, comprendo entre náuseas que la bolita es un globo ocular de iris marrón inyectado en sangre. Y los pelitos, obviamente, son sus pestañas.
Poco a poco, comienzo a recibir imágenes a través de ese ojo, que al principio se deslumbra con la luz de los focos de quirófano multiplicada por los espejos. Parpadeo con el ombligo y me siento descoordinado por mi nueva visión triple. Me levanto y doy unos cuantos tumbos por la sala… y entonces lo veo en el espejo que refleja otro espejo: un nuevo círculo rojo pintado sobre mis nalgas. Con una mezcla de horror y curiosidad, me echo la mano al culo, pero en principio no noto nada. Sigo palpándome la zona y luego exploro el ojete, que ya empieza a picar. Así que me meto el dedo anular de la mano derecha en el recto y noto ya la superficie gelatinosa del nuevo globo ocular, que duele al contacto con la uña. Esta vez, la cosa es más fácil y menos dolorosa. Como un miniparto anal. Me pongo en cuclillas con las piernas abiertas y vigilo la operación que se refleja en el suelo de espejo: me veo a mí mismo hurgando con los dedos en el culo y sacando otra esferita blanca y venosa, que, al ser extraida, se pega al ojete, del que ya crecen pestañas. Luego, el ojo gira y muestra su iris… azul. (”Uno de cada color, como el Duque Blanco”, pienso con una náusea de asco y miedo). Me pongo en pie y mi visión, ahora multiplicada por cuatro, es aún más desquiciada. Las nalgas se han abierto, transformándose en sendas cartucheras para facilitar la visión del ojo del ojete. “¿Cómo voy a sentarme ahora?”, me da por pensar. Y lo que es peor: “¿Cómo voy a cagar?”
Sigo dando tumbos por la sala, probando los nuevos ojos, cuando noto el picor en los sobacos al mover los brazos para caminar. Con un terrible presentimiento, me acerco a una de las paredes de espejos y levanto los brazos. Mis sospechas se confirman: en el centro de cada axila, hay un círculo rojo pintado con pulso de cirujano sobrio. Me los saco rápidamente, sin dolor, porque el cuerpo me lo pide. Aaaargh, me ciega tanta luz. Los brazos ahora no se bajan. Se mueven solos hacia atrás y, con un “crack” indoloro, se transforman en una especie de aletas para dejar los ojos al descubierto. Me miro al espejo y mi aspecto me horroriza hasta el punto de hacerme perder el conocimiento.
Despierto con sensación de resaca, me levanto del suelo y doy vueltas por la sala probando todos los ojos jajaja y me mareo y me empiezan a hacer gracia jajajaja veo todo multiplicado por seis jaja qué bueno, giro mirando todo y me veo por la sala de espejos jajajaja qué risa marialuisa jajajajaja ahora noto un picor en la tapa de los sesos voy a ver si sale otro ojo de ahí jaja sí otro círculo jaja grande jaja no lo había visto jajajaja me doy de cabezazos contra la pared a ver si sale el ojitoooo jajajaj el espejo se rompe y la cabeza se abre y asoma una membrana rosada y la rompo y sale otro globo ocular grande jajaja y ahí brotan las pestañaaaas, sí jajaja ahora lo puedo ver en el espejo del techo jajajaja mucha luuuuuuz me duele, quiero oscuridad, no soporto más luuuuz así que agarro un trozo de espejo que tiene punta afilada y voy a ver si consigo menos luz pinchando mis ojuelos jajaja y ¡chof! uno pinchado ¡chof! y otro ¡chof! y otro y ¡chof chof chof! aaaaah qué alivio… me he dejado sólo el ojo del culo, uno es suficiente y mejor ese porque me hace más risa jajajaja, pero al tener sólo uno y ahí abajo no ando bien descompensado estoy y tropiezo y me caigo de culo y ¡chof! aplasto el otro ojo y ahora no veo nada de nada, todo está oscuro jajaja pero da igual doy palos de ciego por la sala y piso cristales y me caigo otra vez y me doy contra las paredes y es divertido jajaja pero sí que oigo jaja y suena como un ruido metálico como de compuerta abriéndose y luego unos pasos raros como de muchos pies descalzos jaja y luego palabras de otro idioma que no entiendo pero me hacen reír jajajjaja todo me hace reír sobre todo esa voz gutural como pronunciada por 15 bocas jaja y dice jajajja cosas extranjeras que no entiendo pero son graciosas jajajajajajajajajajajajajajajaja
< "Jefe, ha vuelto a ocurrir, la mutación iba bien, pero cuando ya le habían salido todos los ojos y antes de que empezaran a brotar las bocas y los tentáculos, el terrícola ha perdido el juicio. Se ha autolesionado y tiene heridas graves, así que voy a matarlo y a limpiar y reparar la sala mientras me traen otro especímen. Al siguiente le administraré un calmante antes de implantarle las huevas, para aliviar los efectos psíquicos de la transformación">.
No entiendo nada jajaja pero suena gracioso y jajaja y oigo “¡flash!” y noto una descarga eléctrica y me jajajaja me muero, o sea, me despierto en mi habitación de paredes blancas sin espejos. A pesar del sueño, creo que aún conservo cierta cordura: al menos, ya no me río. Me levanto, entro en el cuarto de baño, enciendo la luz y me miro al espejo: para bien o para mal, sólo tengo dos ojos y mi cuerpo sigue siendo peludo. Ni rastro de círculos rojos. Me pica el ombligo y me lo rasco pero, al meter el dedo en su interior, sólo saco una gris pelota de pelusilla umbilical.