LA MÁSCARA DE LA MUERTE BLANCA
“Si tuviese razón el optimismo, si nuestra existencia fuese el don de una divina bondad iluminada de sabiduría, es decir, algo muy valioso, glorioso y gozoso, entonces el acto que la perpetúa debería presentar una fisionomía muy distinta”.
Arthur Schopenhauer
Terminal 4 del aeropuerto de Barajas. Estoy en un viaje de prensa y me acompañan otros cinco periodistas y una agente a sueldo de una marca de lujo. Llegamos tarde: se supone que el avión a París sale en cinco minutos y corremos por cintas transportadoras que se mueven en dirección contraria… pero al llegar a la zona correspondiente una azafata anuncia por megafonía que nuestro vuelo saldrá con retraso. Así que nos sentamos y hacemos tiempo. Las horas pasan despacio y nuestro avión no acaba de llegar. Empiezo a fijarme en que dos de los periodistas que están en mi grupo hacen muy buenas migas: son un hombre canoso y enjuto de mediana edad y aspecto vulgar y una mujer treintañera, canija, flacucha, morena y fea como un demonio, que no paran de hablar con voces chillonas, ignorando al resto del grupo. Aburrido, desvío la vista y contemplo las pistas de aterrizaje, que están atascadas con coches, aviones, camiones, motos y todo tipo de vehículos. Cuando vuelvo a mirar a la pareja de periodistas, veo que, lejos de cortarse, cada vez intiman más: ella se ha descalzado y él le masajea los pies. Así pasan un buen rato, sin dejar de hablar. Luego, ella se desabrocha el pantalón y se mete una mano en las bragas para acariciarse la entrepierna mientras él le chupa los pies, cosa que a ella parece encantarle, ya que se pone a gritar y a gemir como una loca. A partir de ese momento, la escena se acelera como si alguien hubiera pulsado el botón de “fast forward” y el acto adquiere el aire caricaturesco de un film pornográfico de los años 20: fuera la camiseta, el sujetador, las bragas, el boxer, los calcetines… en menos que canta un gallo están los dos en pelotas, follando como conejos: él tumbado en el suelo boca arriba y ella saltando sobre su polla, gritando como una posesa con el rostro desencajando en una mueca de lujuria insaciable y bestial. En el frenesí del mete-saca, ella deja caer su rostro sobre el del macho y lo morrea salvajemente; también lo muerde, arrancándole varios trozos de carne que a veces engulle y a veces escupe. El coito va in crescendo hasta que llega a un “centrifugado” en cámara lenta: los dos mueven sus entrepiernas como perros chillando mucho y temblando y pegándose y arañándose… hasta que ella grita “¡mecorrrroooooooo!” y expulsa por la boca un gran chorro de espeso vómito blanco que cae sobre la jeta de su amante cubriéndola por completo como una máscara ácida y humeante. Sin dejar de saltar sobre el pene, la mujer devora en cuatro bocados la cabeza cubierta de bilis o loquesea y, con espasmódicos movimientos de insecto, mordisquea un poco parte de su pecho y sus hombros. A su alrededor, la gente sigue a lo suyo y no parece muy sorprendida por lo que acaba de ocurrir. Con el rostro aún descompuesto, la hembra se desengancha del macho muerto, se pone en pie, escupe babas blancas sobre el pene aún erecto, lo arranca con su zarpa y se lo zampa de postre. Acto seguido, se mal-limpia las babas y la sangre de su cara y sus microtetas y comienza a vestirse como si nada. Por los altavoces, una gélida voz femenina nos informa a los pasajeros del vuelo W9384 con destino a París que podemos embarcar por la puerta H. En la cola que se forma para entrar, una de mis compañeras de viaje se me acerca y masculla con fuerte acento pijo: “Qué fuerte lo de esta tía, ¿no? Mira que enrrollarse aquí con otro periodista, en pleno aeropuerto, en un viaje de prensa… O sea, qué falta de educación, podría haber esperado a llegar al hotel…”.
