“No podemos matar el tiempo sin herir la eternidad”.
Henry David Thoreau
Un grupo de siete periodistas de tendencias (tres hombres y cuatro mujeres) hemos viajado a Perú para ver una fábrica de relojes de lujo. Un jeep nos transporta al corazón de la Selva Alta, entre cuya vegetación se ocultan dos grandes naves ovaladas de hormigón gris sin ventanas. Nada más llegar, dos sonrientes azafatas nos meten en una especie de piara maloliente, llena de barro y paja. Atónitos y hundidos en el barro hasta los tobillos, los siete nos miramos los unos a los otros sin saber qué hacer ni qué decir. Una chica que va de punta en blanco da un traspiés y se cae, manchándose su modelito de Chanel y, entonces, se pone a gritar y a quejarse. Otros dos periodistas van a ayudarla, resbalan y también se caen. Al final, acabamos todos en el fango, gritando como cerdos, sin conseguir levantarnos otra vez: hipnotizados, nos comportamos como animales. Es entonces cuando aparece un conserje (encorbatado, de baja estatura y finas maneras) y nos dice que podemos pasar a una de las naves. Salimos todos, a cuatro patas y haciendo “oink oink”, y vamos por donde nos indica el conserje, que aclara: “Les ruego que me disculpen, ha habido un pequeño error, voy a pasarles a otra sala de espera donde estarán mucho más cómodos; en breves momentos comenzará su tour por la fábrica”. Efectivamente, dándonos en los lomos con una ramita, el conserje nos hace pasar a una lujosa sala de espera donde, de forma automática, recuperamos el habla y el raciocinio, volviendo a caminar sobre dos piernas. Nuestras ropas están limpias de nuevo.
La sala está decorada con gusto impecable, llena de muebles de diseño, confortables sillones, una mesa con bandejas de exquisitos canapés y varias botellas de Dom Pérignon… Nos sentamos, comemos, bebemos y miramos una gran pantalla de plasma que escupe videos musicales de reggaeton, llenos de sudorosas sudacas moviendo sus redondos culos a ritmo de la música. Mastico el octavo canapé y tengo una efímera erección mirando la pantalla, más por aburrimiento que por otra cosa.
Así pasan las horas, mascando y bebiendo y mirando… pero no llega el momento de la prometida visita fabril. Se abre la puerta y el conserje nos comunica que sí, que pronto pasaremos a ver la fábrica de relojes y nos asegura que después nos llevarán a cenar a un restaurante buenísimo de cocina local donde sirven una deliciosa Avispa Juane (”se trata de un potaje típico de la selva, a base de harina de maíz, arroz, carne de cerdo molido, con presas de gallina en una hoja llamada bijao”, nos explica), pero que, mientras esperamos, nos traen más champán y más canapés. “Y, sobre todo, no intenten abandonar la sala. Sería una imprudencia por su parte. Para asegurarme, me tomo la libertad de activar una cerradura electrónica cada vez que cierro”, añade el hombrecillo con una sonrisa. Estamos borrachos y contentos y casi no le hacemos caso, sólo queremos beber y comer más, alternar entre nosotros y mirar cada dos por tres a la hipnótica pantalla.

Y aquí seguimos, en esta fábrica de relojes, en el corazón de la selva peruana. Relojes que brillan por su ausencia en nuestra sala de espera, donde el tiempo pasa muy leeeentamente, pese a todas las cosas que nos traen para matarlo…….. Los vídeos musicales se suceden, transformándose en nuestra única referencia temporal. ¿Cuántos videos de reggaetón nos hemos tragado ya? ¿300, 400, 500, 1000? ¿En cuánto tiempo se podría traducir eso? ¿Cuántas horas, días o semanas llevamos en esta sala de espera? Imposible saberlo. Lo cierto es que la situación se alarga y la estancia es una verdadera pocilga: decenas de bandejas por el suelo, una esquina (donde defecamos y orinamos) adornada con una montaña de mierda húmeda del tamaño de una persona bajita, restos de canapés y de papeles y de desperdicios formando una alfombra repugnante que cubre todo el suelo… y la tele escupiendo un reggaetón que ya nos lleva a las puertas del éxtasis. Los videoclips se repiten en loops de 50 o así, lo sé porque los he contado hasta perder casi la cuenta y ya hasta me sé algunas letras… y canto: “Ven déjate amar, borra el tiempo que perdí, ahora que al fin te encuentro me despecho. Y haz que deje atrás, tantas lagrimas que di. Haz que yo olvide que enloquece junto a ti”. Nos ponemos a bailar todos a ritmo del reggaetón, ciegos de alcohol y comida, hasta que a una de las chicas le da un ataque de histeria y destroza la pantalla de plasma con una botella de champán. El espejismo se rompe con la tele y la falsa sensación de fiesta y lujo se evapora: la terrible verdad es que, por motivos desconocidos, estamos atrapados o secuestrados o lo que sea en este odioso lugar. Desde ese revelador instante, el tiempo se dilata aún más: la única referencia temporal que teníamos (los videos) ya forma parte de la cada vez más densa alfombra de escombros que hay bajo nuestros pies. Los deperdicios se funden con la mierda, los vómitos, el pis y todo lo que generamos en nuestra larga espera… pero, a todo esto… ¿qué coño esperamos? Ya lo hemos olvidado. ¿Quiénes somos? Nos cuesta recordarlo. Y, con la lujosa sala convertida en piara, volvemos a las cuatro patas y a chillar como cerdos (oink oink) con las ropas sucias y hechas jirones, las pieles negruzcas y los pelos mugrientos (oink), revolcándonos en nuestra propia inmundicia. En un momento dado, la alfombra de escombros está a un nivel que resulta imposible abrir (oink oink oink) la puerta. El conserje no puede o no quiere entrar ya (oink ouk oink) a traernos champán y canapés. Pasan… ¿horas, días, (oink ouk ouk) semanas, meses? Imposible saberlo. El caso es que, muertos de hambre, empezamos a devorarnos los unos a los otros. ¡Oiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiink!