VENECIA ESTÁ LLENA DE RATAS

January 23, 2009

“Nos quedamos sentados en el umbral de la indiferencia, a cambio nos dan este mundo de ratas”.
Soziedad Alkohólika

Trabajo en Venecia, en una oficina exterior asentada sobre una pequeña explanada de cemento gris que hace esquina junto a un canal. Muy cerca, hay un pequeño túnel de desagüe que vomita aguas fecales a través de unas rejas oxidadas. Los trabajadores no sentamos sobre pupitres viejos que están pegados a PCs antediluvianos. Un capataz con cara de ratón nos da con una vara si nos ve perder el tiempo. ¿Nuestro trabajo? Es completamente inútil, como casi todos en esta época absurda y terminal: describir con bellas palabras los fétidos olores que proceden de la cloaca. Los textos se publican poco después en una revista que sólo se vende por suscripción. Cierto día llueve mucho, pero tenemos que trabajar igual. La lluvia ácida nos refresca los cráneos afeitados, pero hay un pequeño problema: el diluvio hace que suba el nivel del agua de los canales y atasca la cloaca. Cientos de ratas muertas o medio vivas empiezan a salir por el pequeño túnel, entre restos de basura y otras alimañas también muertas o medio vivas (palomas, culebras, fetos…). Algunos de los bichos trepan por el bordillo y suben a nuestra gris plataforma de cemento, arrastrando consigo algún que otro desperdicio y formando, poco a poco, una pequeña pocilga orgánica. Contemplamos el espectáculo con frialdad y volvemos al trabajo, azuzados por el capataz. Pero, de pronto, se oye el fuerte ruido de un motor y una voz masculina que exclama “¡yuuujuuuuuu!”. Uno de mis compañeros se pone en pie y mira hacia arriba, riendo con ganas. Subo la cabeza y lo que veo en el cielo me llena de júbilo: una avioneta (mejor dicho, un caza Biplano Albatros como el del Barón Rojo) acaba de hacer un increíble loop entre las nubes, dejando una estela de humo negro que dibuja un símbolo de infinito sobre el cielo gris. Ebrios de felicidad, nos tiramos por el suelo, muertos de risa, aplastando a las ratas muertas o moribundas con nuestros cuerpos y haciendo oídos sordos a los gritos del capataz, que nos ordena que volvamos a nuestros pupitres para seguir trabajando.
ratita divina

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