THOUGHTS OF YOU

February 23, 2009

Canción compuesta por Dennis Wilson y Jim Dutch.
Interpretada por Dennis Wilson.
marejada interior
The sunshine blinded me this morning love
Like the sunshine, love comes and goes again
I love you, I love you
Sea air, it’s flowing through my room again
Like the thoughts of you fill my heart with joy again
I’m sorry, I miss you
All things that live one day must die you know
Even love and the things we hold close
Look at love –look at love. Look at love.
(Three times)
Look what we’ve done
Loneliness is a very special place
To forget is something that I’ve never done.
Silently, silently you touch my face.

LA MALDICIÓN DE SIR ARTHUR

February 16, 2009

“Yo quisiera ser un vegetal del jardín de un cementerio
o simple mineral”.
Vainica Doble

Hay tormenta y, cada pocos segundos, el cielo negro se ilumina con relámpagos. Sir Arthur, el guerrero barbudo, ya hace tiempo que ha perdido su armadura y corretea en calzoncillos sobre la hierba húmeda, tratando de defenderse con sus antorchas de los espantos que surgen de la noche. Sir Arthur maldice su suerte. Con lo eficaces que son los cuchillos y las lanzas… ¿por qué demonios cogería la engorrosa antorcha cuando se rompió la vasija que portaba la dama de la guadaña? Lo cierto es que, a punto de ser reducido a un puñado de huesos por los buitres, no tuvo tiempo de tomar una decisión razonable. Pero no fue uno de esos pajarracos quien le hizo perder la armadura: una maldita calavera en llamas que salió disparada de la hoguera tuvo la culpa. Ahora ya poco importa: el frío es atroz, el viento está en contra y la lluvia golpea su cuerpo y su cara y se mete en sus ojos y los nubla y por eso ve borrosos los espectros que se le acercan para matarlo otra vez. En el fondo, Sir Arthur es un fantasma más: ya ha muerto y resucitado un millón de veces, aunque su cuerpo no ha perdido fuerza ni brío… ni tampoco lo ha ganado. Sir Arthur siempre es igual, salvo cuando El Mago lo transforma en anciano durante unos segundos y, así, cata los amargos pero reconfortantes achaques de la vejez. Una vejez tan falsa como efímera: pronto, los efectos del hechizo se esfuman: Sir Arthur recupera sus fuerzas y vuelve a tener unos 21 años (el Profesor F lo creó allá por 1988, si mal no recuerda). Así que corre, corre por su vida y reza para que no lo rocen los espectros alados que giran y giran envueltos en letales torbellinos que suben y bajan a ritmo de los truenos. A veces, uno de ellos se detiene y lo mira con sardónicos y brillantes ojos rojos. Y él, muerto de frío y aburrimiento, le tira por inercia una antorcha y lo abrasa. Da igual. Total, más allá, poco después de que escampe la lluvia, brotarán tentáculos de la tierra húmeda y se lo llevarán por delante. Y entonces sentirá, de nuevo, el dolor, la agonía, la muerte… y el renacimiento. Una vida menos, una vida más… Poco importa cuando siempre puedes continuar la partida.

–Oye, ¿vienes o qué? Se está enfriando la cena…
–Ah, sí, ya voy.

Me dejo “matar”. En la pantalla de la PSP, Sir Athur se convierte en un montón de huesos por obra y gracia del letal roce de un espectro torbellinesco. No es el final, ni muchísimo menos. Estoy enganchado y, antes de acabar la digestión, volveré a encender la maquinita y el caballero de las barbas resurgirá de sus cenizas con férreo blindaje para materializarse por enésima vez en esta misma pantalla, sólo que al principio, en el cementerio. Seguro que, al llegar al tormentoso Bosque Viviente lleno de árboles cabreados, Sir Arthur ya habrá vuelto a perder la armadura y estará, otra vez, ridículo y tembloroso, pasando rasca en paños menores, rodeado de torbellinos adiabolados y tentáculos vegetales.
el horror...
¿Qué pecado cometería Sir Arthur para ser condenado por el dios Capcom a una existencia tan dantesca? No ser más que un patético pelele en manos de cualquiera que encienda la maquinita para echar una partida. Luchar, morir y resucitar y morir y resucitar una y otra vez en un mundo de pesadilla, por toda la eternidad. El sufrido espíritu de Sir Arthur ha sido privado de la muerte definitiva y, por consiguiente, del descanso eterno: el ser privado de una muerte definitiva jamás será inmortal. Porque, sí, pese a su dificultad, hay quien lleva a Sir Arthur al final del juego, haciendo que el héroe coma perdices y lleve una feliz (aunque invisible y aburrida) existencia junto a la princesa Guinevere, pero… ¿quién le asegura que alguien no encenderá de nuevo la máquina para volver a empezar el juego desde el principio? Y, lo que es peor, ¿quién le garantiza que el gran éxito del videojuego no provoque una secuela aún más compleja, retorcida y macabra?
A diferencia del “The End” cinematográfico, el “Game Over” no zanja la historia, sino todo lo contrario: es una invitación a jugar otra partida y sacar, una vez más, a Sir Arthur del blanco limbo en el que flota cuando nadie pulsa los botones que marcan su destino absurdo.


Ghouls ‘n Ghosts (Tokuro Fujiwara, 1988).

DE ENTRE LAS LLAMAS*

February 11, 2009

“Atravesar el fuego es símbolo de trascender la condición humana”.
Mircea Eliade

burning out
*Línea de sombra arde de nuevo.

PERSIGUIENDO SUEÑOS

February 6, 2009

Canción compuesta por Luo Dayou e interpretada por Gao Sheng Mei.
la voz mas dulce de china
Deja que el soplo de la juventud te despeine y haga fluir tus sueños
Esta es la historia de una desconocida que persigue una sonrisa roja
De unos corazones que empiezan a latir en el cielo azul
Se llama Chun Yu y no duerme por las noches: sueña sola en los días vacíos
Deja que sus hermosas y jóvenes flores broten en las sirenas ocultas

Volando en el cielo, flotando en la ilusión de su sonrisa
Lai Chun va a la vereda roja buscando su destino
En la noche fría es difícil esconder la gloria de la nieve
Cuando cante la sirena de Shou, la almohada ya estará vacía
Los amantes jóvenes siempre mueren sin excusas
En las arenas del desierto escriben con sus huellas memorias eternas
La pasión más profunda late en la caligrafía de Xinyu
Mientras varias generaciones se reencarnan en las veredas del Destino

SHANGAI EYACULA

February 3, 2009

“Con los edificios puedes tocar a la gente”.
Frank Gehry

Viaje de prensa a Shangai. Me han invitado a probar un nuevo hotel que acaban de inaugurar en los últimos pisos de la torre Jin Mao, un rascacielos de 88 plantas y más de 400 metros de altura. El ascensor es tan rápido que me deja los oídos taponados y cierto dolor de cabeza, pero vale la pena: ahora estoy en un espacio deslumbrante, de superlujo, con una decoración que es una obra de arte en sí misma. Las paredes, de tonos ocres y formas orgánicas, me producen la sensación de estar en el interior de un útero.
La cena se celebra en la azotea, desde donde se dominan unas espectaculares vistas de esta, la verdadera ciudad de los rascacielos, a cuyo lado Nueva York parece un islote grotesco y varado en los pantanos del tiempo.
Preciosas criaturas orientales nos sirven exóticos manjares, unas delicias chinas que jamás había probado y cuyos ingredientes principales tienen forma de espermatozoide gigante: una cabeza blanduzca (tamaño manzana) pegada a una cola dura, como de rata, que no se come. Pincho la cabeza con el palillo y sale un líquido que inunda el plato y sorbo con una cuchara de palo, haciendo mucho ruido, como los demás comensales. Y lo cierto es que está exquisito: sabe como a sopa de marisco pero con un punto agridulce. Luego, las camareras nos sirven la guarnición, una especie de globos oculares que flotan en el líquido blanquecino como pelotas de ping pong, ofreciendo un impactante efecto estético.
En su explicación del menú, traducida por una intérprete española, el chef aclara que lo que nos estamos comiendo no son ojos, sino unos rarísimos peces que sólo se encuentran en ciertas bolsas de agua caliente en medio del océano Pacífico. Pescarlos es extremadamente difícil, caro y peligroso. El postre es más ligero (una mousse elaborada con pieles de los frutos de un árbol que crece al revés, esto es, hacia el interior de la tierra) pero yo acabo bastante harto y un poco indigesto.
Tras la cena, me despido de mis anfitriones y una criada me conduce a mi habitación, una auténtica cueva de luxe con paredes que parecen tener vida propia. La única luz encendida es la de una gran pecera. Me acerco a ella y veo que está llena de peces-ojo, que flotan vivarachos en el agua salada y, a veces, se dan pequeños ósculos, apartándose luego con rapidez. Compruebo alucinado que el pez-ojo se compone del cuerpo, que es idéntico a un globo ocular de iris azulado, y la cola, que es un manojito de venas rojizas. Enciendo la luz de la mesilla y me fumo un Fortuna mientras contemplo la hipnótica pecera. Después, me lavo los dientes y apago la luz.
Pasan los minutos pero no consigo conciliar el sueño y, tras intentar masturbarme en vano, me doy cuenta de que me inquieta la presencia de los peces ojo: sé que es paranoia, pero noto sus miradas clavadas en mí como puñales tibios que centellean en la oscuridad. Enciendo la luz y, dando la espalda a la pecera, intento concentrarme en la pared, a ver si así me duermo.
Tras un rato mirándola, diría que la pared se mueve, que ¿late? Me levanto, me acerco, la toco… y la noto caliente, viva, y siento cómo se mueve en tensiones musculares que marcan sus gruesas venas. Asustado, abro la puerta y salgo al largo pasillo en pijama… pero me quedo helado ante el espectáculo: decenas de mujeres desnudas se frotan contra las paredes, gimiendo y acariciándose los coños. Supongo que debería sentirme excitado y aprovechar la situación, pero el miedo me lo impide. La atmósfera es sofocante, las paredes cada vez están más hinchadas y sudorosas, y otros hombres en pijama, como yo, salen de sus habitaciones y contemplan la escena con una mezcla de morbo y horror. Algunos meten mano a las tías, e incluso se las follan, mientras otros salen por patas sin mirar atrás. Y las mujeres, que cada vez son más, siguen chillando de lujuria, corriéndose vivas en sus frotamientos contra las paredes vivientes. Yo, que tengo un pésimo presentimiento, sólo quiero escapar de este infierno lúbrico. Así que corro hacia el ascensor y pulso varias veces el botón de llamada, que se ilumina con una luz rojiza. Me cae una gota en la cabeza, miro hacia arriba y veo que el techo late y suda semen, como el suelo y las paredes. Es entonces cuando se abre la puerta del ascensor y… corro. Corro hacia atrás porque una gran ola de semen espeso sale a cámara lenta del ascensor. Como la escena de El resplandor, pero tiñendo la sangre de blanco.
De poco vale correr: pronto, la leche nos barre a todos. La corriente seminal nos empuja hacia arriba con fuerza y pronto se me caen los brazos y las piernas y sólo tengo cabeza y cola. Cuando el rascacielos escupe su eyaculación por su azotea, sólo pienso en correr más rápido que los demás para llegar al óvulo y fecundarlo. Es mi único deseo y estoy lleno de ansiedad, mientras subimos y luego bajamos a gran velocidad. Y bajamos y bajamos hasta que veo horrorizado cómo los espermatozoides que van antes que yo se estrellan contra un gran espacio gris, transformándose en plastas blancas en medio del mar de leche. Poco antes de morir aplastado contra la acera, en un flash de lucidez, lo entiendo todo: somos el producto estéril de la triste paja que acaba de hacerse la ciudad de Shangai.
rabodeluz