SHANGAI EYACULA

February 3, 2009

“Con los edificios puedes tocar a la gente”.
Frank Gehry

Viaje de prensa a Shangai. Me han invitado a probar un nuevo hotel que acaban de inaugurar en los últimos pisos de la torre Jin Mao, un rascacielos de 88 plantas y más de 400 metros de altura. El ascensor es tan rápido que me deja los oídos taponados y cierto dolor de cabeza, pero vale la pena: ahora estoy en un espacio deslumbrante, de superlujo, con una decoración que es una obra de arte en sí misma. Las paredes, de tonos ocres y formas orgánicas, me producen la sensación de estar en el interior de un útero.
La cena se celebra en la azotea, desde donde se dominan unas espectaculares vistas de esta, la verdadera ciudad de los rascacielos, a cuyo lado Nueva York parece un islote grotesco y varado en los pantanos del tiempo.
Preciosas criaturas orientales nos sirven exóticos manjares, unas delicias chinas que jamás había probado y cuyos ingredientes principales tienen forma de espermatozoide gigante: una cabeza blanduzca (tamaño manzana) pegada a una cola dura, como de rata, que no se come. Pincho la cabeza con el palillo y sale un líquido que inunda el plato y sorbo con una cuchara de palo, haciendo mucho ruido, como los demás comensales. Y lo cierto es que está exquisito: sabe como a sopa de marisco pero con un punto agridulce. Luego, las camareras nos sirven la guarnición, una especie de globos oculares que flotan en el líquido blanquecino como pelotas de ping pong, ofreciendo un impactante efecto estético.
En su explicación del menú, traducida por una intérprete española, el chef aclara que lo que nos estamos comiendo no son ojos, sino unos rarísimos peces que sólo se encuentran en ciertas bolsas de agua caliente en medio del océano Pacífico. Pescarlos es extremadamente difícil, caro y peligroso. El postre es más ligero (una mousse elaborada con pieles de los frutos de un árbol que crece al revés, esto es, hacia el interior de la tierra) pero yo acabo bastante harto y un poco indigesto.
Tras la cena, me despido de mis anfitriones y una criada me conduce a mi habitación, una auténtica cueva de luxe con paredes que parecen tener vida propia. La única luz encendida es la de una gran pecera. Me acerco a ella y veo que está llena de peces-ojo, que flotan vivarachos en el agua salada y, a veces, se dan pequeños ósculos, apartándose luego con rapidez. Compruebo alucinado que el pez-ojo se compone del cuerpo, que es idéntico a un globo ocular de iris azulado, y la cola, que es un manojito de venas rojizas. Enciendo la luz de la mesilla y me fumo un Fortuna mientras contemplo la hipnótica pecera. Después, me lavo los dientes y apago la luz.
Pasan los minutos pero no consigo conciliar el sueño y, tras intentar masturbarme en vano, me doy cuenta de que me inquieta la presencia de los peces ojo: sé que es paranoia, pero noto sus miradas clavadas en mí como puñales tibios que centellean en la oscuridad. Enciendo la luz y, dando la espalda a la pecera, intento concentrarme en la pared, a ver si así me duermo.
Tras un rato mirándola, diría que la pared se mueve, que ¿late? Me levanto, me acerco, la toco… y la noto caliente, viva, y siento cómo se mueve en tensiones musculares que marcan sus gruesas venas. Asustado, abro la puerta y salgo al largo pasillo en pijama… pero me quedo helado ante el espectáculo: decenas de mujeres desnudas se frotan contra las paredes, gimiendo y acariciándose los coños. Supongo que debería sentirme excitado y aprovechar la situación, pero el miedo me lo impide. La atmósfera es sofocante, las paredes cada vez están más hinchadas y sudorosas, y otros hombres en pijama, como yo, salen de sus habitaciones y contemplan la escena con una mezcla de morbo y horror. Algunos meten mano a las tías, e incluso se las follan, mientras otros salen por patas sin mirar atrás. Y las mujeres, que cada vez son más, siguen chillando de lujuria, corriéndose vivas en sus frotamientos contra las paredes vivientes. Yo, que tengo un pésimo presentimiento, sólo quiero escapar de este infierno lúbrico. Así que corro hacia el ascensor y pulso varias veces el botón de llamada, que se ilumina con una luz rojiza. Me cae una gota en la cabeza, miro hacia arriba y veo que el techo late y suda semen, como el suelo y las paredes. Es entonces cuando se abre la puerta del ascensor y… corro. Corro hacia atrás porque una gran ola de semen espeso sale a cámara lenta del ascensor. Como la escena de El resplandor, pero tiñendo la sangre de blanco.
De poco vale correr: pronto, la leche nos barre a todos. La corriente seminal nos empuja hacia arriba con fuerza y pronto se me caen los brazos y las piernas y sólo tengo cabeza y cola. Cuando el rascacielos escupe su eyaculación por su azotea, sólo pienso en correr más rápido que los demás para llegar al óvulo y fecundarlo. Es mi único deseo y estoy lleno de ansiedad, mientras subimos y luego bajamos a gran velocidad. Y bajamos y bajamos hasta que veo horrorizado cómo los espermatozoides que van antes que yo se estrellan contra un gran espacio gris, transformándose en plastas blancas en medio del mar de leche. Poco antes de morir aplastado contra la acera, en un flash de lucidez, lo entiendo todo: somos el producto estéril de la triste paja que acaba de hacerse la ciudad de Shangai.
rabodeluz