EL PLATO NÚMERO 13

June 3, 2009

“Las películas no estaban en bucle constante como casi todo el mundo pensaba. Los proyectores llevaban un dispositivo electrónico que sabía cuándo parar, cuándo rebobinar y cuándo volver a avanzar”.
Steve Rudnick, instalador de cabinas de sex shop.

¿Saben aquél que diu que era un señor, de unos 40 años, vestido con gabardina, vagabundeando por un suburbio de Sao Paulo, cuando empieza a llover y decide resguardarse en un sex shop de mala muerte? El interior le sorprende por su austeridad: no hay revistas porno ni rabos de goma ni todo lo que se supone que debería haber en una tienda guarra; es más, parece un garaje abandonado, vacío, con paredes desconchadas y en él sólo hay un elemento que podríamos llamar “sexológico”: una cabina pajera arrinconada en una esquina. El cacharro es viejo y destartalado… parecido a aquellas videocabinas que Automated Vending fabricaba en Taiwan a mediados de los 70. Pero hay algo en él morbosamente atractivo, algo que dice “ven”. Imposible resistirse. Por eso, pese a que apesta a semen rancio y a ambientador barato, el señor entra, se encierra y mete una moneda en la ranura. Aprieta un botón y con un “clic” se activa un proyector de Súper 8. La película es borrosa, antigua, granulienta, y en ella sale una señorita masturbándose sobre una manta en un lugar muy parecido a este… sex shop, garaje o lo que sea. Aunque está algo desnutrida, sucia, venérea y ojerosa, la chica tiene un algo que engancha la mirada. Y a pesar del grano de la película, a pesar de lo bizarro de la situación (o precisamente por ello) el señor sufre una erección y se empieza a magrear la entrepierna. En el momento en que se saca la polla, bajo la pantalla se abre una pequeña compuerta y aparece una vagina de látex sostenida por un recio muelle oxidado. Tras recuperarse de la sorpresa, el señor palpa el falso coño y comprueba que está húmedo, gelatinoso, mullido: al tacto, parece de verdad… incluso diría que ¿late? (”no, imposible, serán imaginaciones…”) Se lleva los dedos a la boca. (”Sabe a uva”). Intenta evitar la tentación de penetrar “eso”, pero no puede, el olor dulzón y el ¿falso? flujo vaginal actúan en su cerebro como un potente afrodisíaco. Aunque la vulva ya está bastante viscosa, le añade algo de saliva para facilitar la penetración. Y, un poco a su pesar, mete su pene tieso en el vibrante engendro biomecánico. Es entonces cuando dos hileras de dientes retráctiles brotan de los labios vaginales, que se abren como una planta carnívora, engullen pene y testículos y los arrancan de cuajo. Acto seguido, la pantalla se apaga y la vagina se cierra, volviendo al la trampilla de la que salió. El señor cae al suelo inconsciente por el dolor y por el shock.

Más abajo, bajo tierra, en la cocina de un mugriento y diminuto dinner ubicado en un pasaje del metro (maliluminado con tubos fluorescentes que parpadean), otro señor, gordo y grasiento, vestido de camarero años 50 y con el rostro malafeitado y picado por la viruela, ve cómo, por un tubo metálico oxidado, caen dos testículos y un pene, todos cubiertos de sangre. (”Por fin, cada vez tardan más”). Agarra los genitales con sus dedos de morcilla y los arroja sobre la plancha caliente. Los fríe bien fritos (”que crujan al masticar”), los echa en un plato mal-lavado y los sirve en la barra al cliente, que ya hace un buen rato que espera.

–Aquí tiene, un plato combinado número 13. ¿Quiere ketchup?
gastronomia genital