MALASOMBRA
Te resistes, pero al final vuelves a echarte a la calle. La noche sopla y sus vientos te arrastran hacia la zona negativa. Bajo la luz de la luna llena, tu sombra se separa de tu cuerpo y se va de picos pardos tarareando una canción inédita de Carlos Berlanga: “Llévame a La Trapa o dispárame en el parietal, hay que ver que divertida está la vida en la ciudad”.

Te juntas con calaveras que regalan veneno en frasco de cristal. El tiempo se acelera y las horas pasan muy rápido y de repente es tarde y corres a casa porque sientes la culpa y también el pánico a que la incipiente claridad te sorprenda en el exterior y vuelva a convertirte en calabaza. Pronto estás a salvo en interior-noche, mas tu sombra sigue de marcha.

Te acuestas poco antes de salir el sol y, sobre la cama, un insecto aplastado contra el gotelé te recuerda que eres polvo blanco. Las campanas de la esquina doblan por tí y por tu lento descenso sin sombra a los infiernos de Morfeo.

Te acercas en sueños a una chica muy pálida que, loca de atar, canta a gritos frases inconexas y amelódicas de canciones de Julio Iglesias: “¡¡Cosas estoy sintiendo bring back the days when we were crazy in love cómo han pasado los años así nacemos despertar de tu carne!!”. Luego abre mucho la boca, te muerde la nariz y te la arranca de cuajo.

Te miras al espejo al despertar sudando y compruebas que conservas tu pituitaria. Miras atrás y ves que, gracias a Dios, también has recuperado tu sombra. Vuelves a ser tú y, a pesar de la resaca, te sientes tan fuerte y libre como para volver a la cama por unas horas más.

(Imágenes: Carl Theodor Dreyer).
