“Hace veinte, treinta, cincuenta o sesenta años que habláis sin parar. Por eso estáis cansados. Todo esto se termina en el silencio total del ataúd. El silencio continúa, pues, eternamente. Sólo nuestra conciencia del silencio es eterna, es la condición normal de nuestro espíritu”.
Taisen Deshimaru
“As merendas con Shin Chan, as magdalenas con Son Gohan”.
Emilio José
Viaje de prensa a Las Vegas. Cogemos un helicóptero en Torrejón y llegamos rápido, demasiado rápido, en un abrir y cerrar de ojos, a nuestro destino. El helicóptero aterriza en pleno desierto y, desde ahí, cuatro periodistas ataviados con blancas chilabas caminamos bajo un sol de justicia hasta un inmenso barrizal donde crecen cientos de juncos sintéticos. Los atravesamos y seguimos andando por el desierto… hasta que nos topamos con una enorme cortina de terciopelo negro que cae desde el cielo y tapa todo el horizonte como un fúnebre campo de fuerza. “Parece un trozo de noche”, dice uno de mis compañeros. “Sí, pero es extraño, porque no da sombra”, contesta otro. Entre los cuatro, buscamos una abertura que nos permita atravesar, pero no la encontramos, y perdemos la paciencia porque el cortinón mide kilómetros y no vemos ni el principio ni el final. De pronto, se nos ocurre colarnos por debajo… y pasamos al otro lado… donde hay más desierto. Seguimos andando, sin rastro de sombra, mientras el sol cae a plomo sobre nuestras cabezas.
Cuando llevamos ya un buen rato de caminata, vemos un espejismo: una inmensa ciudad llena de rascacielos multicolores que, según nos vamos acercando, resulta no ser más que una larga playa artificial, donde nos dispersamos cada uno por su lado sin decir adiós ni mirar atrás. Yo me quito los zapatos y me pongo a vagabundear por la arena falsa, notando cómo los granos demasiado gruesos me erosionan las plantas de los pies y me hacen pequeñas llagas. Pero no me importa… lo único que quiero es llegar de una vez al mar del desierto para sumergirme en sus aguas y volver a vivir. De hecho, ese es mi único objetivo, para eso he hecho este largo viaje… Todo lo demás no importa ya.
Llevo ya andando bastante tiempo hacia el mar, pero por más que avanzo no consigo alcanzar la orilla, aunque la brisa y el olor a salitre me dicen que anda cerca. Estoy a punto de tirar la toalla varias veces, pero la sed de mar me obliga a seguir avanzando, mientras escucho a Emilio José en el MP3. Es entonces cuando diviso en lontananza una especie de figura hiperdelgada vestida de tuareg, que se aproxima a mí por la arena; de su mano lleva cogido un niño (¿o es un enano?) vestido igual que él o que ella. Me paro hasta que llegan a mí… y me quedo de piedra al ver que, bajo las túnicas de tela real se ocultan dos personajes de dibujos animados: el alto es Son Gohan y el pequeño parece Shin Chan, pero ambos más delgados o, mejor dicho, alargados. Al principio, creo que son un espejismo, hasta que Son Gohan me da la mano y la siento viva y caliente. Es real. Me dice:
-Hola.
Yo contesto el saludo y guardo silencio. Y él:
-¿Qué haces por aquí?
-Pues no sé, me he perdido, buscaba el mar.
-Ahí está, más cerca de lo que parece, no tienes más que caminar hacia él…
-En eso estoy, pero estoy cansado. Oye… tu voz me suena un disparate…
Son se tapa la cara y el niño se esconde detrás, contesta con una voz más grave:
-¿S-sí? Será de la tele, soy Son Gohan.
-No, no, la voz… tu voz, ¿a ver? habla…
-Hola.
-Esa voz, espera… esa voz… ¡¡¡es la voz de Michael Jackson!!!
Silencio. Mirada hacia abajo. Sonrisa.
-Vale, me has pillado, soy o, mejor dicho, era Michael Jackson.
-¡Recornucopia! Pero… ¿no estabas muerto?
-Mmmm en realidad sí, mi cuerpo sí, pero mi espíritu, mi memoria, mi mente, mi voz… todo lo he trasladado a este dibujo animado. Ya estaba harto de mi cuerpo y de mí mismo. Lo cierto es que tras la operación cada vez pienso más como Gohan. De hecho, ahora quiero que me llamen Son Gohan. Michael Jackson ha muerto.
-Increíble. ¿Y el niño quién es? Porque parace demasiado tímido como para ser Shin Chan…
-Jajaja, claro, el verdadero Shin es un demonio. Este es mi hijo Blanket, me lo llevo conmigo.
-¿A dónde?
-A la Isla Pingüino, donde sólo pueden vivir dibujos animados. Poco a poco Blanquet se irá transformando en Shin Chan también por dentro; su hermano gemelo ocupará su lugar en el mundo real.
-¿Y dónde está la Isla Pingüino?
-No te lo puedo decir.
-¿Podría ir con vosotros?
-No, porque no eres un dibujo animado, además no hay vuelta atrás: quien entra no puede salir. ¿Estás preparado para ser siempre un dibujo animado?
-Cre-creo que no… Oye, a todo esto, ¿cómo se convierte uno en dibujo animado?
-Mediante una operación muy larga, muy complicada y muy cara.
-Entiendo… Oye, yo soy periodista, esto es una bomba, podría…
-Puedes publicar lo que quieras jajaja, nadie te creerá. Además, ¿quién te asegura que no soy un espejismo?
-E-es cierto… pero pareceis tan reales… Oye, otra cosa, ¿qué se siente al ser un dibujo animado?
-Es genial, indescriptible, soy un ser nuevo, me he liberado de la carga del cuerpo, mi cuerpo estaba ya… gastado, seco, vacío, roto, esto es otra cosa, es mágico, es tan divertido… Bueno, ahora debemos irnos…
-Comprendo… De todas formas, da igual, estoy cansado y sólo quiero llegar al mar. ¿No tenéis tiempo para un baño?
-No, no hay tiempo, debemos irnos ya.
Entonces, Michael y Blanquet o Shin Chan y Son Gohan, se van volando como cartoons que son, a una velocidad superheróica, cogidos de la mano, con sus túnicas flotando en el cielo sin nubes. Yo, por mi parte, sigo andando durante un buen rato… hasta que llego al mar, que está liso como un plato. Me acerco y salto sobre el agua… pero al sumergirme descubro que está seco, no sé como explicarlo, pero el agua es como de plástico transparente, con vetas de celofán arrugado que forma pequeñas olas. Sobre una de ellas cabalga un tipo musculoso que se cae al mar desnudo y se abre la cabeza.
-O-oiga, ¿se ha hecho daño?, pregunto.
Él, me mira con la cara cubierta de sangre y escupe tres palabras:
-Surf or die.
Sin decir más, vuelve a deslizarse entre las aguas sintéticas, surfeando sin tabla sobre las olas de celofán.
Sigo un rato flotando, nadando y chapoteando en el mar de plástico, pero, pasado un rato, recuerdo que tenía una cita y vuelvo a la arena, atravieso otra cortina y me encuentro en el hall de un hotel de Las Vegas, inmenso, vacío y enmoquetado, donde he quedado con un compañero de trabajo. Me lo encuentro mucho más viejo a como lo recordaba, con barba blanca y profundas ojeras, rodeado de telarañas. Le pregunto:
-Tío, ¿qué te ha pasado? ¿No tenías 30 años?
-Tenía. Pero has tardado tanto… cof, cof… llevo cuatro décadas esperándote y ayer cumplí 70. Llegas a tiempo, te invito a una copa por mi cumpleaños. No todos los días se cumplen 70 años, y menos en Las Vegas.
-Vale, vamos al bar del hotel, ¿no?
-Claro, aquí sirven los mejores Manhattans de América…
Mi viejo amigo se agarra a mi brazo y, renqueando, entra conmigo en el bar, decorado con guirnaldas y máquinas tragaperras de cartón piedra. A lo largo de la barra, sólo hay sentados ancianos de la edad de mi amigo, muchos de ellos disfrazados de Elvis o de Michael Jackson: parece un asilo de impersonators. Mi amigo y yo, antes en bañador, ahora vestimos camisas hawaianas y bermudas a juego. El octogenario camarero, de uniforme de lentejuelas con pajarita, nos pregunta qué queremos beber.
Contesto: “Un café con leche en taza pequeña, muy cargado, con menos leche que uno normal pero más que un cortado. Y templado. Pero café de verdad, espresso, no aguachirri yanqui, debo permanecer despierto pase lo que pase”.
Es entonces cuando subo la cabeza y me veo reflejado en el espejo del techo, arrugado como una pasa: soy anciano, muy anciano, alrededor de unos 90 años. Puedo notar el dolor de huesos y la dentadura postiza que se mueve en mi boca. Me escuece y me la quito y la arrojo en el Manhattan que se está bebiendo el anciano impersonator de Michael Jackson que se sienta a mi izquierda. El camarero me sirve el café y yo le digo:
-Perdone, ¿me podría poner una pajita, para sorber? Es que no tengo dientes…
Él:
-Por supuesto. ¿Su amigo desea alguna cosa?
-Pueees…
Miro a mi derecha y sólo veo un esqueleto. Así que contesto:
-No, creo que de momento no querrá nada. Es su cumpleaños y está un poco deprimido…
El anciano impersonator de Michael que hay a mi izquierda bebe un trago de su Manhattan con dentadura, me mira y me pregunta:
-Hey, ¿cuál es tu disco favorito del Rey?
-Mmmm, no sé, creo que “Dangerous”.
-¿Y tu canción favorita?
-Difícil también, pero ahora mismo te diría que “Morphine”.
El viejo masculla un “¡aaaaaaw!”, se levanta y, haciendo un patético y tosco “moonwalk”, se acerca a la gramola, echa una moneda y empieza a sonar “Morphine”, a todo volumen. Viejo y cansado, me bebo el café de un sorbo pero, aún así, doy cabezadas sobre la barra y, poco a poco, me voy apagando, desvaneciendo, mientras la melancólica voz de Michael Jackson canta: “relax / this won’t hurt you / before I put it in / close your eyes and count to ten”. Entonces cierro los ojos, cuento hasta diez y me muero, o sea, me despierto.
Te resistes, pero al final vuelves a echarte a la calle. La noche sopla y sus vientos te arrastran hacia la zona negativa. Bajo la luz de la luna llena, tu sombra se separa de tu cuerpo y se va de picos pardos tarareando una canción inédita de Carlos Berlanga: “Llévame a La Trapa o dispárame en el parietal, hay que ver que divertida está la vida en la ciudad”.
Te juntas con calaveras que regalan veneno en frasco de cristal. El tiempo se acelera y las horas pasan muy rápido y de repente es tarde y corres a casa porque sientes la culpa y también el pánico a que la incipiente claridad te sorprenda en el exterior y vuelva a convertirte en calabaza. Pronto estás a salvo en interior-noche, mas tu sombra sigue de marcha.
Te acuestas poco antes de salir el sol y, sobre la cama, un insecto aplastado contra el gotelé te recuerda que eres polvo blanco. Las campanas de la esquina doblan por tí y por tu lento descenso sin sombra a los infiernos de Morfeo.
Te acercas en sueños a una chica muy pálida que, loca de atar, canta a gritos frases inconexas y amelódicas de canciones de Julio Iglesias: “¡¡Cosas estoy sintiendo bring back the days when we were crazy in love cómo han pasado los años así nacemos despertar de tu carne!!”. Luego abre mucho la boca, te muerde la nariz y te la arranca de cuajo.
Te miras al espejo al despertar sudando y compruebas que conservas tu pituitaria. Miras atrás y ves que, gracias a Dios, también has recuperado tu sombra. Vuelves a ser tú y, a pesar de la resaca, te sientes tan fuerte y libre como para volver a la cama por unas horas más.
(Imágenes: Carl Theodor Dreyer).
Hace mucho calor en el hotel del desierto y, para refrescarme, lleno la bañera con agua fría. Meto la cabeza, abro los ojos y veo el fondo del mar, lleno de peces multicolores y plantas marinas; pero cuando la saco, la bañera vuelve a estar vacía, con su fondo de mármol blanco y gris.
Ilustración: The Goldfish (Paul Klee, 1925).
“Las películas no estaban en bucle constante como casi todo el mundo pensaba. Los proyectores llevaban un dispositivo electrónico que sabía cuándo parar, cuándo rebobinar y cuándo volver a avanzar”.
Steve Rudnick, instalador de cabinas de sex shop.
¿Saben aquél que diu que era un señor, de unos 40 años, vestido con gabardina, vagabundeando por un suburbio de Sao Paulo, cuando empieza a llover y decide resguardarse en un sex shop de mala muerte? El interior le sorprende por su austeridad: no hay revistas porno ni rabos de goma ni todo lo que se supone que debería haber en una tienda guarra; es más, parece un garaje abandonado, vacío, con paredes desconchadas y en él sólo hay un elemento que podríamos llamar “sexológico”: una cabina pajera arrinconada en una esquina. El cacharro es viejo y destartalado… parecido a aquellas videocabinas que Automated Vending fabricaba en Taiwan a mediados de los 70. Pero hay algo en él morbosamente atractivo, algo que dice “ven”. Imposible resistirse. Por eso, pese a que apesta a semen rancio y a ambientador barato, el señor entra, se encierra y mete una moneda en la ranura. Aprieta un botón y con un “clic” se activa un proyector de Súper 8. La película es borrosa, antigua, granulienta, y en ella sale una señorita masturbándose sobre una manta en un lugar muy parecido a este… sex shop, garaje o lo que sea. Aunque está algo desnutrida, sucia, venérea y ojerosa, la chica tiene un algo que engancha la mirada. Y a pesar del grano de la película, a pesar de lo bizarro de la situación (o precisamente por ello) el señor sufre una erección y se empieza a magrear la entrepierna. En el momento en que se saca la polla, bajo la pantalla se abre una pequeña compuerta y aparece una vagina de látex sostenida por un recio muelle oxidado. Tras recuperarse de la sorpresa, el señor palpa el falso coño y comprueba que está húmedo, gelatinoso, mullido: al tacto, parece de verdad… incluso diría que ¿late? (”no, imposible, serán imaginaciones…”) Se lleva los dedos a la boca. (”Sabe a uva”). Intenta evitar la tentación de penetrar “eso”, pero no puede, el olor dulzón y el ¿falso? flujo vaginal actúan en su cerebro como un potente afrodisíaco. Aunque la vulva ya está bastante viscosa, le añade algo de saliva para facilitar la penetración. Y, un poco a su pesar, mete su pene tieso en el vibrante engendro biomecánico. Es entonces cuando dos hileras de dientes retráctiles brotan de los labios vaginales, que se abren como una planta carnívora, engullen pene y testículos y los arrancan de cuajo. Acto seguido, la pantalla se apaga y la vagina se cierra, volviendo al la trampilla de la que salió. El señor cae al suelo inconsciente por el dolor y por el shock.
Más abajo, bajo tierra, en la cocina de un mugriento y diminuto dinner ubicado en un pasaje del metro (maliluminado con tubos fluorescentes que parpadean), otro señor, gordo y grasiento, vestido de camarero años 50 y con el rostro malafeitado y picado por la viruela, ve cómo, por un tubo metálico oxidado, caen dos testículos y un pene, todos cubiertos de sangre. (”Por fin, cada vez tardan más”). Agarra los genitales con sus dedos de morcilla y los arroja sobre la plancha caliente. Los fríe bien fritos (”que crujan al masticar”), los echa en un plato mal-lavado y los sirve en la barra al cliente, que ya hace un buen rato que espera.
–Aquí tiene, un plato combinado número 13. ¿Quiere ketchup?
Quedo para comer con unos antiguos compañeros de trabajo. Tras los postres, tomamos copas en varios bares, durante toda la tarde-noche. Al final, a las tantas de la madrugada, sólo quedamos un becario y yo borrachos en un tugurio de mala muerte. Como ya no nos queda dinero, ayudamos al dueño del bar a pintar unas barcas que guarda en la trastienda. Usamos colores que brillan en la oscuridad. Yo pinto de fuera hacia dentro y, por miedo a mancharme de azul fosforescente, me quedo atrapado en la última barca.
“7.000 personas mueren al año por cagadas de las farmacéuticas. Los médicos les ganamos”.
House
Estoy ingresado en una especie de hospital. Mi habitación, de paredes blancas y pulcritud extrema, tiene sólo un ventanuco con cuatro barrotes que da a un patio de luces lleno de escaleras de incendios retorcidas y oxidadas. Soy el único paciente y yazco en una camilla desnudo e inmovilizado por correas de cuero. De vez en cuando, aparecen dos celadores para inyectarme algo que me hace verlo todo gris, borroso y desdibujado. No sé si son los efectos del antibiótico o sucede de verdad pero, a veces, cuando se hace de noche y todo está oscuro, siento como un millón de insectos se pasean por mi piel.
Sueño que el Sol se cae del cielo y arde la Tierra y la raza humana se extingue en un mar de llamas. Y el cielo está ya oscuro para siempre porque el Sol ahora está aquí, devorando la Tierra. Y pienso que, cuando ya no haya aquí más que fuego, este planeta será una nueva estrella que iluminará mundos extraterrestres donde, tal vez, surjan nuevas formas de vida. Y, mientras me hundo en el pantano infernal de tierra incandescente, el único versículo del Apocalipsis que aún retengo en las tripas sube por mi tráquea y quema mi lengua. Lo escupo:
“El quinto ángel tocó la trompeta, y vi una estrella que cayó del cielo a la tierra; y se le dio la llave del pozo del abismo”. Boils and Darkness (Basil Wolverton, 1955).
Voy andando de Ferrol a Pontedeume y, al llegar a Cabanas, veo que el puente que debo cruzar para entrar al pueblo está cubierto por el mar. Sin dudarlo, sigo mi camino y vestido me meto en el agua, que me cubre justo hasta el cuello, y disfruto del mar tibio, luchando un poco contra las suaves corrientes heladas que intentan sacarme del puente. A medio camino, pienso con fastidio que más tarde pasaré frío fuera, por la ropa mojada. Pero, al llegar al otro lado y salir del agua, me sorprende comprobar que estoy completamente seco. Miro hacia atrás y veo que el mar también se ha secado, dejando el puente al descubierto otra vez. Sobre la arena negruzca, barcas tumbadas, algas podridas, peces muertos, gaviotas chillonas y toda clase de desperdicios.
Fotografía: José M. Suárez.