PROGRAMACIÓN INVASIVA
Un sueño de Pablo Maronda.
Estoy sentado al borde de la cama en la habitación de matrimonio de casa de mi abuela. La disposición de los muebles es la misma que cuando aún vivía mi abuelo, pero todo tiene un toque excesivamente setentero, como de comedia americana, que nunca había tenido antes: hay papel en las paredes, el suelo está enmoquetado con un estampado de flores colorista y extremo, y las cortinas parecen sacadas de Boogie Nights.
En la tele, en blanco y negro, emiten un extraño show de marionetas humanas, y muñecos de gomaespuma. Un cruce entre The Banana Splits, H. R. Pufnstuf y The Bugaloos, a la manera de los viejos programas lisérgicos para niños de la NBC yanki, pero con la textura de las viejas series de la tele de aquí: el blanco y negro helado, en tonos plata, de Crónicas De Un Pueblo o Historias Para No Dormir.

La cabecera es una especie de fiesta de troncos humanos que parlotean y cantan entre dientes unos adictivos temas de bubblegum. Parece que están celebrando una especie de fiesta de coronación. Un niño de ocho años con pelo de paje es portado en un trono portátil, como si fuera un dictador africano, y los troncos agitan sus minúsculos brazos-muñones a su paso.
El niño lleva un colgante en forma de minúsculo leño y sonríe sin cesar. De repente, el buen rollo se corta de raíz. La música cesa y los seres arrojan al suelo al chaval. Después se abalanzan sobre él y empiezan a golpearle de una manera brutal, haciéndole sangrar copiosamente. La música se vuelve ultra anfetamínica y las secuencias se intercalan de una manera brusca, como si faltaran fotogramas.
Al final una cortinilla de lenguas de fuego, que parecen quemar a los leños vivientes, deshace el negativo y la tele se queda en niebla blanca durante unos segundos.
Aburrido, me levanto de la cama y me decido a salir por la puerta. Una voz me llama desde el cristal de la pantalla.
-Eh… Chsst… Chaval-.
-¿Es a mi?-, pregunto extrañado.
-Somos los leños. Necesitamos un nuevo rey. Acércate a la tele-.
-De eso nada-, le espeto. -Si voy con vosotros luego me mataréis-.
El leño cambia la voz y pone un tono de pena enormemente forzado, para tratar de conmoverme: -A él le matamos porque era presumido-, dice entre sollozos. -Pero tú eres perfecto. Eres flaquito y no nos harás daño cuando te llevemos en hombros-.
-De eso nada-, digo.
Me acerco a la tele con cuidado, y cuando trato de apagarla, un fogonazo de la base del aparato hace que la caja comience a arder, derritiendo el cristal, que se pone todo negro, como el caramelo quemado de la crema catalana, mientras escucho como una letanía el lamento de los leños, confinados en su extraño mundo catódico.








